Vamos a ponernos en situación. Nueva York, costa de Long Island. Años 70´s. El paraíso gay se encuentra en sus costas y se llama Fire Island. Tom Bianchi, fotógrafo estadounidense, es invitado a pasar un fin de semana en sus legendarias playas. 40 años más tardes, sus anacrónicas Polaroids, salen a la luz.

Tom Bianchi, antes de convertirse en artista, renunció a su trabajo como abogado de empresas destruyendo su título y pegándolo a una pintura llamada “Notas de un abogado que se fue”. Muy intenso todo. Después de viajar a Fire Island, donde comenzó a fotografiar a sus amigos y amantes, eligió dedicarse por completo al arte. Las fotografías de Bianchi durante su viaje a Fire Island están recopiladas en “Fire Island Pines: Polaroids 1975-1983-“.

 

En conjunto, el libro supone un testigo inamovible de uno de los enclaves queer más icónicos, representativos y valorados por la comunidad. Durante los 70’s, Fire Islands se convirtió en un enclave tan apreciado que hacía que hombres de toda América (gays enclaustrados en los armarios de su lugar de origen idealizando el destino como un paraíso de libertad y aceptación) llegaran hasta sus costas para empezar de 0.

Fire Island es la isla de lesbos, un oasis en medio de una sociedad opresora que te catalogaba como abominación, una perversión para los ojos de cualquier persona con decencia, y en definitiva, la mejor de las fiestas que podrías imaginar. Una comunidad gay increíblemente atractiva y carismática logró hacer de esas costas un lugar para ellos mismos, donde podían estar a salvo, reir y jugar entre ellos en la playa sin preocuparse de nada salvo de vivir el momento. Una utopía gay de los 70’s. “Lo que se contruyó allí, atrajo las mejores y más brillantes personas de toda América”

Como era común, casi en cualquier rincón de Estados Unidos, la policía encabezaba redadas en bares, baños y sitios de cruising que complicaban aún más las vidas de los homosexuales. Fire Island fue el primer lugar en el que muchas personas queer pudieron sentirse genuinamente libres, relajándose, bañándose, festejando o simplemente dándose la mano por la playa por primera vez en sus vidas.

Por mucho que suene idílico todo lo planteado y las fotografías hechas por Bianchi, no fue fácil que los habitantes de Fire Island accedieran a dejarse fotografiar, evidentemente por culpa de la opresión LGBTIQ+. Pero imaginamos que al final cayeron en la cuenta del pedazo de cielo que poseían y que no había nada de malo en que alguien dejara testimonio de ello.

“Desarrollamos este sentido de comunidad y comenzamos a vernos entre nosotros como personas especiales, indispensables para la cultura en la que estábamos inmersos”.

Bianchi finalmente se convirtió también en poeta y co-fundador de una empresa que investiga el VIH.

Puedes leer la entrevista que VICE hizo a Tom Bianchi aquí.

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